Me estoy dando cuenta de algo tan grande que me fascina y me asusta al mismo tiempo. Estoy descubriendo mirar diferente. Todo. De repente todo me parece escenas de algo. Viajando por la ciudad encontré que cada persona en su mundo, desarrollando sus tareas, esperando, yendo, mirando, buscando, lo que sea, parece un recorte de la realidad, un universo en sí misma. Pienso si son conscientes unos de los otros. Me puedo inventar lo que están pensando. Hasta intento imaginarme cómo ven desde su cotidianeidad lo que a mí me llama la atención, y a la inversa, cómo verían desde su afuera mi rutina. Es difícil de entender, porque es tan simple. Pero ahí está justamente lo maravilloso: no en que cambien las cosas, sino en que cambie la mirada.
Hasta acá todo bien. El problema empieza cuando asumo que con todo esto quiero hacer algo. Que quiero guardar en mi memoria cada cosa que pensé, cada detalle que observé para volverlo a pensar, para transformarlo en algo que hable también de mí. Y parecería que hasta acá sigue todo más que bien. Excepto porque debo reconocer que no me alcanzaría la vida para esto. Y que tampoco sé muy bien qué es lo que querría hacer. Pero el verdadero tema es que no toda la realidad es tan moldeable y convertible en algo que yo quiera como producto de mí. Me preocupa tener muchos sueños, algunos proyectos y millones de incertidumbres y saber que seguramente no pueda lidiar con tanto que me desborda ni acotarlo a algo palpable. No sé si sea capaz, creo que es algo reservado a los iluminados. Sólo pensar en intentarlo me suena tan injusto, tan ambicioso, tan enorme. Y a la vez no puedo dejar de animarme.
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