No sé cómo voy a escribir todos los pensamientos amontonados a lo largo de una estación de tren, 5 cuadras y dos subidas y una bajada en ascensor. No sé como voy a hacer para que no se peleen unos con otros, pero sé que lo tengo que intentar.
En el tren un chico se toma el trabajo de tocarme el brazo para llamar mi atención. Digo un chico, pero la verdad es que no puedo saber cuántos años tiene. Quizás 15, quizás 20, pueden ser 30 también. No tengo idea porque es bajito, menudito y no tiene expresión en su cara. Y me da un papel fotocopiado y arrugado de unos 4 x 2 cm que dice "Hola, me podés ayudar con una moneda, gracias." Lo acepto y mientras se va acercando a los demás pasajeros intentando entregarles el mismo papelito, lo sigo con la mirada. Nadie lo acepta. O para no ser injusta por si se me escapó algo, casi nadie. La mayoría le hace que no con la cabeza, sólo una chica le sonríe en ademán de que está todo bien, pero que no, no lo quiere. Muchos otros ni siquiera levantan la vista ni gesticulan, ni lo rechazan. Simplemente hacen como si no estuviera ahí. Y yo justo tenia los 50 centavos que me había dado el boletero en el bolsillo. Y puedo no dárselos, pero decido que lo voy a hacer cuando vuelva. Si, ya sé, podría usarlos (sumados, por supuesto, a muchos otros centavos que hasta ahora no vi que le dieran) para comprar alcohol o drogas. Si, lo sé, pero también puede ser que no. Y me parece que lo que esa persona necesita es otra cosa, no los 50 centavos. Pero esa moneda va a ser mi excusa para darle eso que necesita. Al menos en la modesta suma en que soy capaz de dárselo. Entonces veo que vuelve caminando y cuando se acerca lo suficiente extiendo mi mano con el papelito y la moneda. Se los doy. Me agarra la mano junto con el papel y los centavos, no con violencia, sino con gentileza. Y no me la suelta por los próximos 5 o 10 segundos, no sé. Y yo le sonrío, porque creo que eso es lo que va a hacer él también. Pero su rostro no emite señal, como si no tuviera músculo alguno. Igual, yo sé que me está sonriendo por dentro, que eso es lo que quiere, pero que su cara no está acostumbrada a tal utopía. Me sigue mirando muy fijo y creo que quiere decirme algo. Hasta ese momento había creído, sin pensarlo demasiado, que era sordo y mudo. Por lo del papelito, digo. Pero cuando intuyo que me quiere decir algo, me saco un auricular, me acerco un poquito y escucho un tenue "gracias". Tan suave que hasta pienso si no lo habré imaginado, sólo porque era lo esperable en tales circunstancias. Le contesto "no, de nada" y le toco el hombro al tiempo que le aconsejo "cuidate". Y muy despacito, sigue su camino. Lo veo incluso volver a intentar entregar el papel a las mismas personas que ya lo habían ignorado, acaso con la ilusión de que esta vez fuera diferente. En determinado momento dejo de mirarlo, se va hacia el lado al que estoy dando la espalda. Y unos segundos después siento que me tocan una vez más el brazo. Y ahí está, mirándome igual de fijo. Con las mismas ganas de sonreír y con la misma imposibilidad de hacerlo. Y me vuelve a decir "gracias". Esta vez un poquito más fuerte, de manera que no me queden dudas. Y me rodea y se para a mi otro costado y se queda ahí, quietito. Y de repente me dice "que calor que hace" y le contesto que sí con otra de mis sonrisas que deseo le sirvan para algo. A los pocos segundos me vuelve a mirar, me vuelve a agradecer y me acerca la cara para darme un beso, o que se lo de yo. Y se lo doy, cómo no se lo voy a dar si es lo único lindo que se va a llevar de ese vagón. Y le vuelvo a tocar el hombro, a recomendarle que se cuide y allá va, a seguir su odisea del otro lado de la puerta. Y en ese momento me quedo tan sola y con tanta fuerza acumulada en el pecho. Un poco de satisfacción, tristeza, asombro, dolor. No sé si es todo lo que podía hacer en ese momento, pero es lo que salió y creo que tan mal no estuvo. Quiero reír y llorar. Quiero que alguien entre los presentes se dé cuenta de lo que acaba de pasar, quiero que esa sensación que me está por desbordar les llegue a todos ellos, pero lo dudo. Me bajo del tren y tengo fuerza para todo, para lo que se me ocurra. Y me olvidé de las ganas de hacer pis y de la muela que sangra. ¿Qué importa todo eso? Son puras pavadas.
Y hasta llegar a casa todo es buena energía, finalmente en la esquina encuentro al recuperador por el que hace tantos días aguardaba mi colección de matutinos, le pido que me espere y se los alcanzo. "Ah, pensé que habías subido acá" "Cuidado que pesa." "Gracias" Y de enfrente la Federal "Pensé que te mudabas con esa bolsa." "No, jaja". Y mi vecina de no sé que piso "Es un lindo número el 7. Era el preferido de mi madre. Suerte, que tengas un buen día".
Si no es de esto, ¿de qué se trata la vida?
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